Lunes , 21 Agosto 2017

Feliz Día del Maestr@ 2014 (Cuento)

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Este año, para celebrar el Día del Maestr@, he decidido dejaros este cuento. Es un poco más largo de lo habitual, pero espero que os guste. La ocasión lo merece…

La Profesora Nina

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Al inicio del año escolar una maestra, la profesora Nina, se encontraba frente a sus alumnos de quinto de primaria. Como la mayoría de los maestr@s, ella miró a los chic@s y les dijo que a todos los quería por igual. Pero era una gran mentira, porque en la fila de adelante se encontraba, hundido en su asiento, un niño llamado Ricardo. La señora Nina lo conocía desde el año anterior, cuando había observado que no jugaba con sus compañer@s, que sus ropas estaban desaliñadas y que parecía siempre necesitar un baño.

Con el paso del tiempo, la relación de la profesora Nina con Ricardo se volvió desagradable, hasta el punto que ella sentía gusto al corregir las tareas del niño con grandes tachones rojos y ponerle cero. Un día, la escuela le pidió a la profesora Nina revisar los expedientes anteriores de los niñ@s de su clase, y ella dejó el de Ricardo el último. Cuando lo revisó, se llevó una gran sorpresa.

La maestra de Ricardo en primero de primaria había escrito: “Es un niño brillante, con una sonrisa espontánea. Hace sus deberes limpiamente y tiene buenos modales; es un deleite estar cerca de él”.

La maestra de segundo de primaria puso en su reporte: “Ricardo es un excelente alumno, apreciado por sus compañer@s, pero tiene problemas debido a que su madre sufre una enfermedad incurable y su vida en casa debe ser una constante lucha”.

La maestra de tercero de primaria señaló: “La muerte de su madre ha sido dura para él. Trata de hacer su máximo esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés, y su vida en casa le afectará pronto si no se toman algunas acciones”.

La maestra de cuarto de primaria escribió: “Ricardo es descuidado y no muestra interés en la escuela. No tiene muchos amig@s y en ocasiones se duerme en clase”.

La profesora Nina se dio cuenta del problema y se sintió apenada consigo misma. Se sintió aún peor cuando, al llegar la Navidad, todos los alumn@s le llevaron sus regalos envueltos en papeles brillantes y con preciosas cintas, excepto Ricardo: El suyo estaba torpemente envuelto en el tosco papel marrón de las bolsas de supermercado.

Algunos niñ@s comenzaron a reír cuando ella sacó de esa envoltura un brazalete de piedras al que le faltaban algunas, y la cuarta parte de un frasco de perfume. Pero ella minimizó las risas al exclamar: “¡Qué brazalete tan bonito!”, mientras se lo ponía y rociaba un poco de perfume en su muñeca. Ricardo se quedó ese día después de clases sólo para decir: “Señora Nina, hoy usted olió como mi mamá olía”.

Después de que los niñ@s se fueron, ella lloró por largo tiempo. Desde ese día renunció a enseñar sólo lectura, escritura y matemáticas, y comenzó a enseñar valores, sentimientos y principios. Le dedicó especial atención a Ricardo. A medida que trabajaba con él, la mente del niño parecía volver a la vida; mientras más lo motivaba, mejor respondía. Al final del año, se había convertido en uno de los más listos de la clase.

A pesar de su mentira de que los quería a tod@s por igual, la profesora Nina apreciaba especialmente a Ricardo. Un año después, ella encontró debajo de la puerta de clase una nota en la cual el niño le decía que era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron seis años antes de que recibiera otra nota de Ricardo; le contaba que había terminado la secundaria, obteniendo el tercer lugar en su clase, y que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Cuatro años después la profesora Nina recibió otra carta, donde Ricardo le decía que, aunque las cosas habían estado duras, pronto se graduaría en la universidad con los máximos honores. Y le aseguró que ella era aún la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron cuatro años y llegó otra carta; esta vez Ricardo le contaba que, después de haber recibido su título universitario, había decidido ir un poco más allá. Le reiteró que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida. Ahora su nombre era más largo; la carta estaba firmada por el doctor Ricardo Lamas, F.C.

El tiempo siguió su marcha. En una carta posterior, Ricardo le decía a la profesora Nina que había conocido a una chica y que se iba a casar. Le explicó que su padre había muerto hacía dos años y se preguntaba si ella accedería a sentarse en el lugar que normalmente está reservado para la mamá del novio. Por supuesto, ella aceptó. Para el día de la boda, usó aquel viejo brazalete con varias piedras faltantes, y se aseguró de comprar el mismo perfume que le recordaba a Ricardo a su mamá. Se abrazaron, y el doctor Lamas susurró al oído de su antigua maestra:

—Gracias por creer en mí. Gracias por hacerme sentir importante y por enseñarme que yo podía hacer la diferencia.

La profesora Nina, con lágrimas en los ojos, le contestó:

—Estás equivocado, Ricardo: Fuiste tú quien me enseñó que yo podía hacer la diferencia. No sabía enseñar hasta que te conocí.

Las experiencias (gratas y desagradables) que tenemos a lo largo de nuestras vidas marcan lo que somos en la actualidad. No juzgues a las personas sin saber qué hay detrás de ellas; dales siempre una oportunidad de cambiar su vida.

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